¿Sacas el arnés y tu perro sale corriendo? Detrás del sofá, debajo de la mesa, dando vueltas y más vueltas. «Tenemos que acorralarlo para ponérselo», dice su dueño. «Aunque le encantan los paseos y, en cuanto se lo ponemos, corre hacia la puerta».
En mis diez años de experiencia en comportamiento clínico, he visto cómo se repetía esta historia, con pequeñas variaciones, en los hogares de muchas personas en numerosas ocasiones. Algunos perros evitan el arnés agachando el cuerpo, metiéndose la cola entre las patas e intentando esconderse; otros «hacen el tonto»: cogen juguetes y se ponen revoltosos y traviesos en un intento por escapar de lo inevitable. Un pequeño número de perros recurre a amenazas —mostrar los dientes o hacer movimientos bruscos con la boca— y, en raras ocasiones, algunos pueden incluso llegar a dar un pellizco o un mordisco.
Me encontraba tan a menudo presenciando estas respuestas de «lucha, huida, paralización o travesuras» ante los arneses (y veo muy raramente esta respuesta cuando los dueños optan por un collar y una correa), que en 2024 aproveché la oportunidad de emprender una investigación de doctorado sobre el tema. Hasta ahora, lo que he aprendido es fascinante y no se parece en nada a lo que esperaba.
En los últimos años, los arneses parecen haberse convertido en la opción predeterminada de equipamiento para pasear «respetuosa con el bienestar», y numerosos profesionales del mundo canino y organizaciones de bienestar animal defienden que los arneses son universalmente preferibles al collar y la correa tradicionales.
Pero, si los arneses son mejores para los perros, ¿por qué algunos perros muestran comportamientos que sugieren que evitan e incluso sienten aversión hacia este accesorio? ¿Y qué entendemos por «mejores»?
Cuando los científicos utilizaron un modelo simulado de cuello para probar diversos diseños de collares sometidos a la fuerza aplicada a través de una correa, todos los collares sometidos a prueba ejercieron una presión sobre el cuello lo suficientemente grande como para causar daños potenciales (Carter, McNally y Roshier, 2020). Los collares se sometieron a pruebas con tres magnitudes de fuerza (40 N, 70 N y un «tirón de la correa» de unos 141 N), y se utilizó una banda con sensores de presión para registrar tanto la presión total como su distribución alrededor del modelo de cuello canino.
Los resultados mostraron variaciones entre los diseños de los collares y los niveles de fuerza. Las presiones totales más bajas fueron las ejercidas por el collar de cinta acolchada (105 kPa), el collar deportivo acolchado (125 kPa) y el collar tipo lurcher (83 kPa) con una fuerza de 40 N, mientras que el collar de cinta acolchada, el collar tipo «lurcher» y la correa deslizante también registraron las presiones totales más bajas con una fuerza de 70 N (182 kPa, 160 kPa y 160 kPa). Cuando se aplicó un tirón brusco de la correa, la correa deslizante ejerció la presión global más baja (182 kPa) y el collar de cuero enrollado ejerció la presión global más alta sobre el modelo de cuello (814 kPa). Los autores se apresuraron a señalar que todas estas presiones superan con creces el nivel de 4,3 kPa que se considera que causa daño tisular y la muerte en los seres humanos.
En cuanto a la distribución de la presión, a 40 N algunos dispositivos distribuían la presión de manera uniforme (collares acolchados, cadena de control, collar de cuero), mientras que otros aumentaban la presión a ambos lados del cuello (collar de cuero enrollado) o a un solo lado del cuello (collar tipo lurcher y correa deslizante). A fuerzas más elevadas, la distribución de la presión en algunos collares se mantuvo igual; sin embargo, el collar de cinta acolchada pasó de una distribución uniforme de la presión a concentrarla en el centro del cuello, y el collar tipo lurcher pasó de una distribución unilateral a una distribución más uniforme de la presión.
Estos resultados pueden contradecir lo que los propietarios de mascotas podrían imaginar y ponen de manifiesto la importancia de tener en cuenta el comportamiento del perro al pasear con correa a la hora de elegir un dispositivo de sujeción adecuado, ya que la presión representa el principal riesgo si se elige un collar y una correa como método principal de sujeción o control.
Es cierto que los perros evitan los collares (y otros tipos de equipamiento), aunque, según mi experiencia en la práctica clínica del comportamiento, esto es mucho menos frecuente. Los mismos perros que huyen cuando se les muestra un arnés, en la mayoría de los casos se muestran perfectamente conformes con que les pongan un collar y una correa.
Así pues, si los collares causan daño y, por lo tanto, presumiblemente molestias, ¿por qué los perros no los evitan de la misma manera que evitan los arneses?
La clave de esto probablemente resida en la forma en que aprenden los perros. Los perros están programados para un potente aprendizaje asociativo. Sus cerebros relacionan con gran facilidad los estímulos con acontecimientos significativos, creando fuertes respuestas condicionadas. En algunos casos, un solo acontecimiento puede generar una asociación de por vida entre dos cosas que antes no estaban relacionadas.
Hasta ahora, las pruebas demuestran que el riesgo asociado a los collares surge cuando se ejerce presión o fuerza mediante la correa. Por lo tanto, es poco probable que el hecho de que le pongan un collar resulte aversivo para la gran mayoría de los perros. Es mucho más probable que el collar esté fuertemente asociado con la emoción de salir a pasear, ya que este es el acontecimiento significativo más inmediato que le ocurriría al perro una vez que se lo hayan puesto.
Cuando un perro muestra un comportamiento evasivo, como hacer tonterías o esconderse, o cuando recurre a amenazas o a comportamientos de distanciamiento, esto sugiere que el perro encuentra algo aversivo en el estímulo. En el caso de la evitación del arnés, se han realizado muy pocos estudios que investiguen directamente estos comportamientos; sin embargo, entre las posibles razones podrían figurar una aversión a que el arnés se le pase por la cabeza y/o que los sonidos de los cierres (broches y velcro) resulten aversivos, o que el simple hecho de llevar puesto el arnés resulte incómodo para el perro.
Sin una introducción gradual, los accesorios que se colocan sobre o alrededor de la cabeza pueden resultar intimidantes y, combinados con problemas médicos como dolor en las orejas, los dientes, la cabeza o el cuello, pueden provocar una fuerte asociación negativa. Los arneses mal ajustados o de mala calidad también pueden rozar, irritar o incluso engancharse (¡especialmente en razas «peludas» como los caniches y los cruces de caniche!), lo que hace que al perro le resulte aún más incómodo llevar el arnés. Si las sensaciones aversivas provocadas por el arnés se producen con suficiente frecuencia durante la prueba y el uso, el perro seguirá estableciendo una fuerte asociación entre el arnés y la incomodidad y querrá evitar ese accesorio.
Las investigaciones indican que incluso los arneses bien ajustados pueden restringir el movimiento. Múltiples estudios señalan alteraciones significativas en los parámetros de la marcha, incluyendo la longitud de la zancada, la distribución del peso y los ángulos de los hombros y los codos, incluso al caminar con la correa suelta (Dowdeswell y Churchill 2024; Knights y Williams 2021; Lafuente et al. 2019; Pálya et al. 2022; Williams et al. 2023). La restricción prolongada del movimiento articular puede contribuir a una carga articular anómala o a una tensión muscular, lo que, a su vez, puede influir en la disposición de los perros a llevar arneses durante los paseos.
La posibilidad de que los arneses restrinjan el movimiento no ha pasado desapercibida en el mundo canino. Muchos propietarios de perros y profesionales consideran que ciertos diseños de arneses son problemáticos, y los que cuentan con una correa pectoral horizontal suelen considerarse más restrictivos para el movimiento que aquellos con una pieza pectoral en forma de Y y una correa entre las patas delanteras. Sin embargo, esto no se confirma en los estudios que comparan estos diseños, ya que algunos de ellos muestran que, en ciertos casos, los arneses en forma de «Y» «no restrictivos» limitan el movimiento más que los diseños «restrictivos» con correa pectoral (Lafuente et al., 2019; Weissenbacher et al., 2022).
Un estudio reciente de Williams et al. (2023) reveló que la restricción de las extremidades torácicas probablemente depende de la anatomía específica del perro, ya que los perros con extremidades relativamente más largas se ven menos restringidos por una correa pectoral debido a su posición en relación con la anatomía del hombro. Faltan más investigaciones en este ámbito, y aún no se han estudiado la presión o la fuerza aplicadas, ni el efecto del material y el acolchado.
Los propietarios quieren lo mejor para sus perros, pero también es probable que se encuentren con información errónea y consejos contradictorios. Podemos ayudar a los propietarios:
El Reino Unido puede albergar a más de 13 millones de perros (McMillan et al. 2025), por lo que es importante prestar atención al impacto que tienen los accesorios para pasear en su salud y comportamiento. Los indicadores conductuales de malestar o aversión constituyen una forma de conocer el punto de vista del perro en relación con sus experiencias.
Probablemente no exista un equipo de paseo universalmente «mejor» para los perros, ni nada que pueda sustituir al adiestramiento y al moldeado del comportamiento para garantizar un control adecuado. Para los perros que caminan perfectamente con la correa suelta, un collar plano y una correa son una opción de bajo riesgo y sin restricciones. Para los perros que tiran o se lanzan hacia delante, un arnés bien ajustado que tenga en cuenta sus patrones normales de marcha ofrecerá un equilibrio entre control y comodidad.